El del precinto
En el asiento de acompañante viajaba el jefe y al lado manejaba el tipo que me puso el precinto, ni quiero decir el nombre de esos dos personajes. Atrás, en el baúl del auto, iba yo. No pude calcular exactamente cuánto tiempo, pero estuvimos viajando muchas horas. Sabía muy bien lo que se suponía que iba a pasarme. Intentaba gritar, pero me habían metido una media y tapado la boca con cinta. Cualquiera que me conoce sabe que nunca creí en ningún dios, y aun así, en ese momento me puse a rezar; pedía lograr sacarme el precinto que me sujetaba las manos, y mientras tanto tironeaba con todas mis fuerzas y más para poder lograrlo, pero era inútil: los precintos están hechos para no ser destrabados. Todo el cuerpo me dolía. El jefe, con mucho entusiasmo, me había dado una buena cantidad de golpes. El del precinto no lo disfrutó, pero cuando yo ya estaba en el suelo me propició unas cinco o seis patadas en el pecho. Finalmente, el auto se detuvo y todo se me distorsionó, había lle...